BerroAnotaciones/Tomo1/Libro1/Cap07

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CAPÍTULO 7 De cómo fue enviado para Oficial mayor Del Obispado a Tremp y su Distrito.

Habiendo visto en la práctica Monseñor Obispo de Urgel lo que antes había oído por otros, sobre las heroicas virtudes de nuestro Don José, lo nombró Juez y Oficial supremo, en lo civil y criminal, de la Rectoría de Tremp y su Distrito, que son sesenta poblaciones. Después de tomar posesión del cargo, no quiso a su lado más que personas ejemplares, y muy temerosas de Dios, sabiendo que de su Casa aprenderían, no sólo el Clero, sino también todo el pueblo y todo el Distrito. Luego quiso que el Clero se mostrara adornado de toda virtud, ordenando que todos fueran con hábitos talares, y modestos. No quería que se entretuvieran con los seglares en ningún momento del día, ni que en su compañía hicieran banquetes; y, cuando tenían casa propia, no quería que fueran a comer o beber a una taberna. Pero se alegraba cuando el Clero se divertía en honestas recreaciones, y ya no en lugar público. Procuraba en todas las cosas su eterna salvación y no su dinero. Quería también que las Iglesias, como casas de oración, fueran mantenidas con toda limpieza, que en ellas se guardara el decoro conveniente, y el Clero apareciera en ellas modesto, ante todo, y después honesto, y con sotanas limpias, haciendo que los Divinos Oficios se recitaran en tiempos establecidos y con la debida honorabilidad y majestad, siendo él el primero en todo, especialmente en los Maitines, que se celebraban mucho antes del día.

Le disgustaba mucho que hubiera disensiones entre el Clero. Cuando una vez se enteró de que dos sacerdotes habían salido de sus propias casas enfadados entre ellos, por no sé qué cantidad de dinero que mutuamente se debían, por diversas razones, y aparecieron en el tribunal, hizo que ambos le escribieran la petición. Conociendo que era por la pasión, cuando volvieron a la hospedería les intimó jurídicamente que no salieran de aquel lugar o casa, si antes no se ponían de acuerdo entre ellos; con lo que a la mañana siguiente volvieron sosegados entre sí, y reconciliados por nuestro Don José. Él les demostró su satisfacción, pero les dio una buena reprimenda, haciéndoles ver cuánto desdecía que discutieran entre sí dos sacerdotes. Después, contentos y apaciguados, los envió a sus casas.

No creo se considere cosa fuera de lugar el poner aquí un suceso que él me contó, y que fácilmente sucedió por este tiempo.

Hablando una vez conmigo Nuestro Don José, vino con toda intención a explicarme un juego de fuerza en el que suelen ejercitarse aquellos lugareños. Consiste en arrojar una gruesa barra de hierro con el brazo, venciendo el que lo manda más lejos. Y dijo que, pasando por un campo, vio cómo algunos –me parece que dijo Eclesiásticos- se ejercitaban con dicha barra. El, para demostrar que le agradaba su entretenimiento, agarrando la barra, la lanzó dos o tres veces, superando en cada lanzamiento casi el doble de cada uno de ellos, maravillándose los asistentes de su gran fuerza. Yo, que deseaba aprovechar todas las circunstancias para sacarle de la boca, en lo posible, sus experiencias de juventud en España, añadí: -“¡Qué robusto era Su Paternidad en aquellos años!” A lo que él, sonriendo, como con fatiga, me contó el caso siguiente, que, en efecto, es un acto de gran caridad.

Dijo nuestro Don José: -Una vez que yo hacía un viaje por aquellas regiones de Aragón, cuando me hallaba en un camino público, a muchas millas de la zona habitada, me encontré a un pobre labriego que conducía un asno cargado. Éste se le había empantanado de tal manera en una poza de fango, que no había podido sacarlo de allí de ninguna manera, por muchos y grandes esfuerzos que durante mucho tiempo había hecho. Y como estaba tan lejos de la población, no podía volver ya de día a dicho lugar si iba a buscar ayuda. Así que el pobre labriego se veía en gran aprieto, viendo que perdía la carga y el animal al mismo tiempo. Por eso, como ellos acostumbran, también él gritaba muchos lamentos y blasfemias.

Movido a compasión nuestro José, se paró, e hizo que su servidor lo ayudara. Hicieron los dos lo que pudieron, pero el animal estaba tan empantanado, que de nada servían sus esfuerzos, ni se atrevían a meterse en el barro, temiendo no poder ellos salir de allí. Al verlo nuestro Don José, bajó de su caballo, y los tres juntos hicieron mayores esfuerzos para moverlo del pantano; pero en vano. Viendo que de nada servían tales esfuerzos, que se hacía tarde, y que el campesino, temiendo tener que perder el animal y la carga, decía cada vez mayores disparates, impaciencias y blasfemias, nuestro Don José, -llevado de un impulso de caridad hacia aquel pobre campesino, para que no cayera en mayor desesperación, despojándose de la capa y quedándose en hábito secular y con las polainas que ya tenía en los pies-, con particular confianza en la ayuda Divina, entró en el pantano y, arrimándose al animal cargado, o sea al asno, viendo que no podía sacarlo de otro modo, como otro Eleazar,

-no para matar el elefante-, sino para dar la vida al animal, y al pobre campesino, su amo, agachándose, digo, nuestro Don José, se metió debajo de vientre del asno y, con aquel trofeo de caridad singular sobre sus hombros, sacó fuera del pantano al animal, al que lloraban casi como muerto y perdido. Y lo salvó a él y toda la carga que llevaba encima, con tan extraordinaria maravilla, estupor y alegría indecible del pobre campesino, que no cesaba de dar gracias a un tal y tan gran bienhechor suyo. Nuestro Don José se limpió el fango lo mejor que pudo, y montando de nuevo a caballo, prosiguió el viaje con su servidor.

Esto me contó él mismo, no para decirme nada sobre su virtud, sino como cosa hecha, y a propósito de su fuerza en el tiempo de su juventud.

Notas