BerroAnotaciones/Tomo2/Libro1/Cap18

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CAPÍTULO 18 De cómo fue elegido un jesuita Como Visitador nuestro [1643]

Después de haberse unido todos en un mismo parecer, para que el P. Agustín Ubaldini, somasco, dejara el cargo de Visitador Apostólico, aunque con distintas intenciones, --porque los tres Padres Asistentes nuestros, es decir, el P. Santino [Lunardi] de San Leonardo, luqués, el P. Juan Esteban [Spinola] de la Madre de Dios, genovés, y el P. Francisco [Bafici] de la Asunción, también genovés, tenían óptimo concepto de él, en cambio el P. Mario [Sozzi] de San Francisco, de Monte Purciano, en Toscana, con sus protectores, quería todo lo contrario-- el 9 de mayo de 1643, con un Breve Apostólico, fue elegido otro Visitador Apostólico nuestro.

Tenía todas las atribuciones del anterior, es decir: en la Vista era libre; después, en el gobierno de nuestra pobre Orden, los susodichos 4 Padres Asistentes tenían el voto decisivo, junto con el Visitador Apostólico, que fue el Revmo. P. Silvestre Pietrasanta, jesuita, de Massa di Carrara, según me han dicho.

Dicen que fue propuesto a la Santa Inquisición por el P. Mario, bien porque había sido Maestro, o por otro afecto particular suyo; o sea, por interés. Otros lo cuentan de otra manera; lo dejo en suspense, porque no lo sé.

Fue recibido con mucha reverencia y afecto, y con mucha esperanza, por los 4 Padres Asistentes, Religiosos nuestros, creyendo que, en su compañía, iban a hacer mucho bien por nuestro bienestar común. Y, en efecto, se mostraron muy unidos en cuanto a lo externo, y así lo hicieron creer.

La primera orden, o carta circular, que enviaron a la Orden fue una invitación a todos a la observancia, a la mortificación y a la oración; ordenaron que en las horas de las clases se expusiera el Santísimo, en forma de las “40 Horas”, desde el día de la Ascensión del Señor hasta Pentecostés, que aquel año cayó el 14 de mayo. Durante ese tiempo, ellos se retiraron a hacer ejercicios espirituales, a fin de recibir la gracia del Espíritu Santo en aquella gran solemnidad, para gobernar y guiar a nuestra pobre Orden, y a todos nosotros, por la recta vía de la perfección. Se hizo en cada casa tal como ordenaron, y se tenía mucha esperanza en aquel pronto y buen mensaje.

Pero, estando yo en Nápoles por entonces, al saber que las Escuelas Pías habían vuelto a tener un Padre jesuita como Visitador Apostólico, a voz unánime, tanto los Religiosos como los seculares pronosticaron nuestra destrucción, diciendo: -“Han puesto al lobo entre las ovejas”.

Y, --aunque yo mismo excusé de distintas maneras a dicho Padre y a toda la Compañía, aduciendo muchos ejemplos de caridad dados por muchos Religiosos de la Compañía, y sobre todo que el Revmo. P. Vitelleschi tenía un respeto especial a N. V. P. Fundador y General, y que yo mismo me encontré una vez presente cuando dicho Revmo. P. General de la Compañía abrazó estrechamente a N. V. P. Fundador y General, y se intercambiaron cortesías extraordinarias, aunque estaban en pública plaza, (que me parece era precisamente la del Colegio Romano, o quizá la de Minerva)--, y también, que por política nos defenderían y enaltecerían, estando en sus manos--, así pensaba yo mismo, y me pronosticaba que se había puesto a las ovejas en la boca del lobo, o cosas semejantes.

Pero ellos respondían: -“¡Ay de Vosotros! ¡No conocéis la política de la Compañía de Jesús! Sabrán bien tirar la piedra y esconder la mano, o encontrar el medio de destruiros, bajo la apariencia de que quieren ayudaros. O me respondían cosas parecidas. Sin embargo, yo no me convencí de ello; pero después de mucho tiempo me di cuenta; y lo escribí en Roma.

Notas