ViñasEsbozoGermania/Cuaderno06/Cap40

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Capítulo 40º. Sobre el Diácono Teófilo Rogala de S. Jorge.

Por un tiempo cedan las armas su lugar a un ejemplo de eximia piedad. Pues mientras en Germania las cosas y los hombres eran perturbados por el torbellino bélico, y era expulsada la bellísima flor del jardín de las Escuelas Pías, en nuestra Orden vivía un segundo Luis Gonzaga, ejemplo de virtud angélica, perfumando con su suavísimo aroma nuestro instituto.

Un noble polaco, llamado en el siglo Juan Rogala, nació el año 1664 en la ciudad llamada Lyskowice del arzobispado de Gnezno, situada a dos millas de Lowicz, hijo de Estanislao e Isabel. Cuando cumplió la edad de empezar a estudiar, fue enviado por sus padres a las Escuelas Pías, para que aprendiera buenas letras y costumbres; en poco tiempo aprovechó mucho en ambas cosas. Al terminar los estudios, pidió y consiguió ser admitido entre los Pobres de la Madre de Dios, y recibió el hábito religioso de manos del Ven. Siervo de Dios P. Adalberto Siewierkovicz de Sta. Teresa, que era entonces el rector de la casa, en Lowicz, el 16 de julio de 1680.

Al principio de su vida religiosa era un poco laxo, y no estaba libre de distracciones, por lo que un superior bastante discreto y prudente, que pensaba que estaba dotado para las cosas espirituales, debió ponerle algunas mortificaciones suaves para corregirle. Este método le fue provechoso, de modo que se entregó totalmente a las cosas del espíritu y a las devociones, con gran admiración de todos. Para esta conversión repentina le ayudaron mucho los retiros espirituales, sobre las cuales él mismo escribe en su diario lo siguiente:

“El 25 de julio del año del Señor de 1687, comencé unos ejercicios espirituales, no sé por qué impulso, aunque creo que movido por el Espíritu Santo, pues sentí un fuerte deseo de recogerme, y enmendar mi vida pecadora pasada. Así que al terminar el curso de Gramática, que enseñaba entonces en Varsovia, al día siguiente a la despedida de los alumnos, o sea en la fiesta del Apóstol Santiago, con permiso del superior me encerré en mi habitación para llevar a cabo la devoción citada. Durante estas santas meditaciones primero el Señor me abrió los ojos de la mente, para ver que en mi interior todo eran tinieblas de muerte y corrupción. Me di cuenta de que nada podía hacer, como no fuera volver de nuevo al mundo. Entonces comencé a comprender la bondad de Dios misericordioso, que no quería vengarse de mi maldad, que era peor que la maldad de los hombres, y siendo consciente de que mis vísceras estaban endurecidas en mis maldades, no me atrevía a pedir la ayuda de la Madre de Misericordia, sino que estaba totalmente vuelto hacia Dios y sus santos. Pero ¡qué grande es tu clemencia, oh Dios! Pues yo, como un bloque de hielo, comencé a derretirme con los rayos de tu luz. Al principio gemía, me castigaba; al final tanto quisiste aplastarme que no podía en absoluto contener mis lágrimas cotidianamente hasta el cinco de diciembre. Durante todo el mes de agosto y septiembre me dolía con tanto dolor, estaba tan seco y emaciado que mi tristeza admiraba a quienes me veían. Vertía tantas lágrimas que podrían medirse con una medida para líquidos. El tres de agosto hice una confesión general, sin saber si después de haberme vaciado de ese modo debía morir ya. El cuatro de agosto, fiesta de Sto. Domingo, recibí la santa comunión, después de lo cual comencé a estimarme digno de seguir en vida. A partir de ese tiempo sentí una gran devoción hacia el Santísimo Sacramento, y comencé a experimentar sensiblemente a partir de ese día que ella era el antídoto sobrenatural contra todos mis hábitos pecaminosos, tanto internos como externos. Por aquel tiempo Dios me dio una devoción extraordinaria al Venerable, de modo que nunca puedo comulgar sin lágrimas, y tengo una fe viva en la presencia real de mi Dios en la santa custodia”.

Hasta que el siervo de Dios, cambiado ya totalmente en otro hombre, y que daba gracias a Dios cada día por los beneficios recibidos, oyó una voz interna que le decía: “Debes darme más gracias que si te hubiera llamado una vez a la vida de entre los muertos, pues mira que del mismo modo que antes morías cada día, ahora te guardo tantos otros días, así que sé agradecido”. Por ello se dedicaba completamente a hacer actos de penitencia; evitaba las conversaciones y las charlas; le gustaba estar en la privacidad de su habitación, en la cual practicaba actos de piedad; se consideraba a sí mismo el ser más abyecto de todos; no hablaba mal de nadie; no causaba molestias a nadie; no negaba a nadie el servicio o la caridad cuando se lo pedían; estaba resignadísimo a la divina voluntad. Entre sus principales normas saludables se prescribió a sí mismo no juzgar a nadie, y percibir la presencia de Dios en todas las cosas y en todas las personas.

Se proponía servir a los demás viendo en ellos a Jesús, María y los apóstoles. Tenía algunos como refugios a los que se retiraba y en los cuales permanecía siempre en espíritu, pero de tal modo que los negocios que traía entre manos no sufrían ningún detrimento por ello. A veces recurría a las llagas del Salvador, a veces bajo el manto de la Santa Virgen, para ser protegido; a veces recurría en todos sus negocios y necesidades al cónclave con la Divina Providencia, como Santa Catalina de Siena. He aquí algunas de sus anotaciones diarias espirituales, que hemos podido copiar:

“¡Ay de aquel tiempo en que no te amé, Señor!”
“No recuerdes mis iniquidades antiguas”
“Maldito el hombre que es negligente en la obra de Dios”
“¿De qué sirve vivir mucho tiempo cuando nos enmendamos tan poco?”
“Quien no ama al Señor Jesús, sea anatema”
“Viva Jesús, quien por su muerte nos muestra el gran amor que nos tiene”
“El cielo y la tierra gritan que yo te ame, Señor”
“Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”

Cuando se despertaba por la mañana siempre invocaba los nombres santísimos de Jesús, María y José. Luego, levantándose del lecho besaba tres veces el suelo en honor de la Stma. Trinidad, y ante tanta majestad decía humildemente la antífona “Bendita sea la Santa Trinidad etc.”, y luego el salmo “Qué deseables son tus moradas, Señor, etc.”. Luego el salmo “Dios, Dios mío, por la mañana te busco etc.” Después la antífona de la Santa Virgen: “A tu amparo y protección, etc.”; la salutación angélica; la oración que dice “Oh Señora mía, Santa María, etc.” Finalmente recitaba en honor del Santo Ángel Custodio el himno “Cantemos a los ángeles custodios de los hombres etc.”. Una vez terminado todo esto, marcaba con el dedo sobre la frente el nombre de Jesús, y sobre el pecho el de María, para que Jesús y María fueran sus protectores durante todo el día. Entonces iba al oratorio común para hacer la oración mental, para la cual se preparaba antes de salir de su cuarto con la adoración del crucifijo y del icono de la Santa Virgen. Terminada la oración mental, según prescriben las Constituciones, recitaba el oficio parvo de la Santísima Virgen, y después del oficio de difuntos, si correspondía, decía tres padrenuestros y avemarías.

Dedicaba mucho esfuerzo a la oración, y mientras estaba dedicado a la contemplación, tenía dos o tres éxtasis, especialmente después de la comunión. Y como también se ocupaba de la capilla, recibía las llaves del superior (a veces no se daba cuenta de que las pedía antes de tiempo acostumbrado para dar la señal para la salutación angélica), e iba a orar al templo, para evitar la causa del azote de la carne. Durante el sacrificio de la misa, al que asistía con los demás cada día, tenía su mente dirigida a Dios, y lloraba impasible, de modo que todos se daban cuenta de que estaba fuera de sí. Cada día decía la siguiente oración por nuestra Orden:

“O sacrosanta y única Trinidad, bondad digna de veneración, de alabanza y de adoración antes de todas las cosas, en todas las cosas, por todas las cosas, eternamente, eternamente, eternamente: Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, Dios santo, Dios fuerte, Dios inmortal, Fuente inextinguible de misericordia y bendición, que diste tu Espíritu y tu bendición a los que te pedían que reedificaras Jerusalén, yo, pobre creatura de tus manos, e indigno siervo de la Santísima Madre, por tus misericordias pasadas, por los méritos del Hijo, de la Madre y de toda la curia celestial te ruego, te imploro que te dignes, oh piadosísimo Señor mío, no por los suspiros de quien te ruega, sino por la infinita clemencia de tu misericordia, perdonar todo mal que hacemos, y promuevas, reedifiques y bendigas en nosotros, hijos indignos, la nueva Jerusalén que es nuestra Orden, para que en ella todos unidos te sirvamos sinceramente, y no deseemos otra cosa sino hacer tu voluntad, y todos te amemos con un amor eterno. Amén. Amén”.

Cuando terminaba esta oración, continuaba con la antífona “Gloria al Padre, etc.”, a la que añadía: “Socorre a los que te imploran, Madre nuestra benignísima; socorrednos, santos protectores de la Orden, San José, San Joaquín, Santa Ana, San Felipe Neri; socorrednos, patrones míos y de todos nuestros religiosos; socorrednos todos los Santos y Santas de Dios. Os ruego y suplico por las entrañas misericordiosas de Dios, por amor a la Santísima Trinidad, para que alabemos eternamente vuestra eficaz intercesión ante el Señor de las dominaciones. Amén. Amén. Amén. Gloria al Padre, etc.”.

No comenzaba ninguna tarea sin haber hecho antes oración, como queda patente en su mismo diario, donde escribe lo siguiente: “Me ha llamado el Padre Rector, y me ha mandado que prepare un panegírico para alabar a mi Santo Maestro, el Doctor Angélico Tomás de Aquino. Aunque consideré que esto significaría una gran distracción en mis estudios de teología, y también en mi trabajo, acepté por obediencia el pesado encargo. Así que inmediatamente fui ante el Santísimo Sacramento, y pedí que la Sabiduría Eterna me instruyera a mí, niño ignorante, y lo mismo a la Madre preciosísima de la Sabiduría Eterna, al Santo Doctor y a todos mis santos patronos. Y oí una voz interior que me decía: En cuanto me ponga a escribir, tendré a mi derecha al Doctor Angélico que me enseñará lo que debo decir. Luego se me ordenó mojar la pluma en las llagas de los santísimos pies de Jesús. Espero, Señor, que todo salga bien con tu bendición, con la de tu preciosísima Madre, del Santo Ángel Custodio, del Santo Doctor, de todos los santos patrones, en especial de los Doctores. Y no sólo lo espero, sino que lo creo con fe viva. Así lo atestiguan claramente este ardor que siento al adorar a tu Santo, estas lágrimas abundantes, este estado de ánimo”.

Cada día pedía al Señor en la oración la castidad, la humildad y la mansedumbre, el fervor en el espíritu, el gusto por las cosas espirituales, el amor y la caridad para servir al prójimo, principalmente en cuestiones espirituales, salud de los ojos y, si así agradaba a Dios, buena memoria. “Aquella sabiduría y ciencia (así escribe en su diario) que aprovechen para mi salvación; pues si debieran servirme para ocasionarme la ruina del alma, antes prefiero, Señor, presentarme con los incultos y ganar el cielo que lamentarme eternamente con los doctos”. Para pedir la sabiduría recitaba la oración de Salomón del libro de la Sabiduría, cap. 9, “Dios de mis padres, Señor de misericordia, etc.”. Además de evitar caer en pecado, pedía el recuerdo de los novísimos, y además un amor intensísimo hacia la Santa Virgen, hacia la cual mostraba un afecto muy tierno en cualquier ocasión en que se encontrara, especialmente cuando enseñaba en la escuela a los niños y alababa su nombre, atrayendo el afecto de todos a su servicio. Ponía en ella toda su esperanza de salvación, como escribió él mismo en su diario secreto: “Maldito sea en el mismo momento en que no piense que he de salvarme por la sola misericordia de la Madre; espero, espero, espero, y lo creo firmemente. ¡Oh Madre de Dios, Madre mía!”. Cada día decía en su honor, además del Oficio de la Inmaculada Concepción, algunos de los himnos compuestos por S. Casimiro, el himno Stabat Mater Dolorosa, la coronilla compuesta por S. Felipe Neri que comienza con las palabras “Virgen María, Madre de Dios, ruega a Jesús por mí”, repitiendo alternativamente Virgen y Madre. Repetía frecuentemente la jaculatoria de S. Javier: “Madre de Dios, acuérdate de mí”. Nunca salía de su habitación sin haber besado antes el icono de la Virgen, y pedir su bendición. Cuando se retiraba a descansar, adoraba a la Virgen Madre con una triple genuflexión, y tanto acostándose como velando imprimía su nombre santo en su pecho. En las vísperas de las fiestas de la Virgen rogaba a su Ángel Custodio que le estimulara para que ninguna de sus primeras acciones fuera tibia ni lánguida. El miércoles y el sábado se mortificaba de un modo u otro.

Tenía una devoción especial a Jesús sufriendo la pasión y siendo crucificado. En su honor todos los lunes, miércoles y viernes (excluidas las solemnidades) se ponía un cilicio y se acostaba en el duro suelo. Los sábados pasaba una hora orando en un lugar escondido en memoria de aquella noche en la que el Salvador fue llevado a la cárcel del pontífice Anás. Ese día se esforzaba especialmente con mortificaciones en cuanto a la comida externamente, y en cuanto a las pasiones internamente, y meditaba devotamente los acerbos dolores del Señor. Al llegar el Viernes Santo, tenía la costumbre de flagelar su cuerpo tres veces en la tercera hora de la noche, de modo que todo ese día y el siguiente los pasaba en el dolor y en gozo espiritual. Finalmente el domingo de Resurrección, después de la oración de maitines, que se cantaba a media noche, permanecía solo ante el sepulcro durante dos horas orando y meditando todo lo que Dios había hecho por nosotros. En ese tiempo ardía como un serafín, se veía que estaba fuera de sí, y vertía muchas lágrimas de gozo interno.

Tenía un gran afecto hacia el augusto Sacramento de la Eucaristía. Tanto por la mañana como por la tarde dejaba su inteligencia, su voluntad y su corazón prisioneros en el altar. Todos los días lo visitaba al menos cinco veces, de la manera siguiente. Cuando iba decía: “¿Dónde se esconde la belleza que deseo?”. Cuando entraba a la iglesia: “Entraré en tu casa, Señor, cantaré para ti ante los ángeles”. Luego el salmo: “Como busca la cierva corrientes de agua etc.”. Luego la oración de Santo Tomás de Aquino: “Adoro te devote, latens deitas etc.”, y el himno “Lauda Sion Salvatorem etc.”. El himno “Pange lingua etc.”, la oración de S. Ignacio “Alma de Cristo santifícame, etc.”. Recitaba el padrenuestro, el avemaría y el credo; besaba y adoraba. Cada día recibía la Eucaristía espiritualmente, y se preparaba para recibirla realmente mediante coloquios piadosos y con penitencias. El día anterior a la comunión pensaba regularmente: “Mañana Dios me recibirá en su corazón”; por la noche se flagelaba tres veces; se prosternaba en el suelo con los brazos en cruz. El día de la comunión al menos durante media hora se elevaba en la oración, se abstraía completamente del afecto por las criaturas, y de la más mínima ocasión que fuera un impedimento. Se acercaba con profunda humildad y reverencia, aniquilándose a sí mismo con estas consideraciones: “¿Quién es este Señor que viene? ¿A quién viene? ¿Por qué viene? ¿Qué le mueve a venir?” Y tenía los sentimientos del publicano, diciendo: “Dios, ten compasión de mí, pues soy un pecador. Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, no soy digno de llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus empleados. ¿Quién soy yo, para que mi Señor venga a mí? Señor, no soy digno de que entres en mi casa. ¿Por qué, pues, Señor, te humillas tanto como para descender hasta este hombre publicano y pecador, y no sólo quieres comer con él, sino que deseas tú mismo ser comido por él? ¿Quién soy yo, tu siervo, para que me busques, a mí, que soy como un perro muerto? ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? ¿Qué es el hombre, para que lo engrandezcas? ¡Oh, cosa admirable! ¡El siervo pobre y humilde come al Señor!” Excitaba su ánimo a la fe y al deseo, diciendo: “Te deseo mil veces, mi Jesús. ¿Cuándo vendrás, cuándo me alegrarás, cuándo me saciarás? Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Ven, Señor y mira, te digo, mis ojos enfermos, mi lengua etc., y ten compasión de mí, porque estoy enfermo, y sana mi alma, porque pequé contra ti”.

En el momento de la comunión se representaba con la imaginación a Cristo Crucificado, e imaginaba que su corazón estaba en el monte Calvario. Después de sumir la santa hostia se deleitaba con muchos y admirables consuelos celestes en su alma, no sin verter gran cantidad de lágrimas.

Cada día de la semana se esforzaba por cultivar una virtud en particular.

Notas